Cambio climático: 5 cosas que puedes hacer para evitar el calentamiento global

Redacción | BBC News Mundo
El transporte en las grandes ciudades es una de las fuentes principales de calentamiento global.

Es ahora o nunca.

Una investigación del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU muestra que el planeta podría cruzar el umbral crucial de 1,5 grados Celsius -por encima de los niveles preindustriales- en solo 12 años, lo que en su criterio, conllevaría a una "catástrofe global".

Condiciones climáticas anómalas como sequías extremas, incendios forestales, inundaciones o escasez de alimentos para cientos de millones de personas podrían ser solo los primeros síntomas.

Para evitar esa situación, de acuerdo con los especialistas, el mundo necesita "cambios rápidos, de gran alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad".

Pero entonces, ¿qué puedes hacer tú para ayudar?

"Hay muchas acciones que solo implican un poco de sentido común", explica a la BBC Aromar Revi, coordinador y autor principal del informe.

"Los ciudadanos y los consumidores están entre los actores más importantes para evitarlo", considera.

Las grandes sequías pueden ser uno de los principales síntomas del calentamiento global.

 

Estos son algunos de los cambios cotidianos que puedes hacer en este momento para ayudar a evitar una "catástrofe" como resultado del calentamiento global:

1. Utilizar el transporte público

Caminar o andar en bicicleta o usar el transporte público, en lugar del carro reducirá las emisiones de carbono.

Y, también, te mantendrá en forma.

Montar bicicleta en lugar de carro puede ser una contribución para disminuir el calentamiento global.

 

"Podemos elegir la forma en que nos movemos en las ciudades y, si no tienes acceso al transporte público, asegúrate de elegir políticos que ofrezcan opciones para eso", afirma Debra Roberts, copresidenta del IPCC.

Si es absolutamente necesario, usa un vehículo eléctrico y elije el tren en lugar del avión para tus viajes.

Da un paso más allá cancelando tus viaje de negocios y utilizando, en cambio, las videoconferencias.

2. Ahorra energía

Pon la ropa húmeda al sol en lugar de utilizar secadoras y trata de ahorrar al máximo electricidad.

Usa temperaturas más altas para enfriar las habitaciones o más bajas para calentarlas.

No se trata solo de usar "energía limpia" sino de consumir menos energía.

 

Aísla el techo de tu casa para evitar la pérdida de calor durante los inviernos.

Apaga y desenchufa tus aparatos electrodomésticos cuando no estén en uso.

Y la próxima vez que salgas a comprar un equipo, asegúrate de verificar que haga un uso eficiente de la energía.

Trata de comprar equipos que usen energía de forma eficiente.

 

También puedes adoptar una fuente de energía renovable para algunas de las necesidades de tu hogar, como los calentadores solares de agua.

3. Trata de consumir menos carne

La producción de carne roja lleva a un número significativamente mayor de emisiones de gases de efecto invernadero que la de pollo, frutas, verduras y cereales.

En la cumbre del clima de París, 119 naciones se comprometieron a reducir las emisiones agrícolas en este sentido, sin embargo, no hubo ninguna indicación de cómo hacerlo.

Tú, en cambio, puedes contribuir a ello.

Come más verduras y vegetales y menos carne roja

 

Come menos carne y trata de consumir más verduras y frutas.

Si esto te parece demasiado, considera tener al menos un día sin carne cada semana.

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También vale la pena reducir el consumo de productos lácteos ya que conllevan emisiones de efecto invernadero como resultado de la producción y el transporte.

Opta por comprar más alimentos de temporada de origen local (¡y tira menos basura!).

4. Reducir y reutilizar… incluso el agua

Nos han hablado de los beneficios del reciclaje una y otra vez a lo largo de nuestras vidas.

Pero lo cierto es que el transporte y procesamiento de los materiales para el reciclaje también conlleva la emisión de dióxido de carbono.

Por eso, si reduces los desechos que tiras y tratas de reutilizar los materiales que ya usaste, puedes marcar un cambio.

No derroches agua.

 

Lo mismo ocurre con el agua.

"Una alternativa es la recolección de agua de lluvia", asegura Aromar Revi.

5. Informar y educar a los demás

Entre todos podemos logarlo: reunirnos con nuestros vecinos para compartir alternativas y educarnos mutuamente en cómo establecer una vida comunitaria sostenible es también un paso importante.

Crea "redes compartidas" que puedan ayudar a agrupar recursos, como cortadoras de césped o herramientas de jardín, y lograr así un nivel de vida más ecológico.

"Todos estos cambios, cuando son practicados todos los días por miles de millones de personas, permitirán un desarrollo sostenible casi sin impacto en su bienestar", considera Revi.

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Postales de felicitación de alumnos

En el concurso navideño de postales, en nuestro Centro Integrado de Formación Profesional Número Uno de Santander, en el que han participado los alumnos del grupo de 1º de F.P. de G.S. de Mantenimiento Electrónico, han resultado ganadores:

1er. puesto. Ganador: Pedro Posada

2º puesto. Andrés Prieto

¡Felicidades a los dos!

Google cumple 20 años convertido en una extensión de nuestro cerebro

Estamos perdiendo la cabeza por Google. Después de 20 años, los productos de Google se han vuelto parte de nuestra vida diaria, lo que ha provocado que la estructura de nuestra arquitectura cognitiva cambie y que, como consecuencia, nuestras mentes se expandan hacia el ciberespacio. Esto no es ciencia ficción, sino una de las implicaciones de la que se conoce como “la teoría de la mente extendida”, un punto de vista ampliamente aceptado en filosofía, psicología y neurociencia.

No cabe duda de que este es un cambio abrupto de la psicología humana, probablemente el mayor cambio con el que hayamos tenido que lidiar, y está ocurriendo a una velocidad apabullante. Después de todo, este mes Google cumple tan solo 20 años. Y aunque este cambio tenga consecuencias positivas, también trae consigo algunos problemas muy preocupantes a los que tenemos que enfrentarnos.

La mayor parte de mis investigaciones abarca asuntos relacionados con la identidad personal, la mente, la neurociencia y la ética. Desde mi punto de vista, cuanto mayor sea nuestro consumo de las características “personalizadas” de la Inteligencia Artifical de Google, mayor parte de nuestro espacio cognitivo le cedemos, lo que provoca que tanto la privacidad mental como la habilidad de pensar con libertad disminuyan. Además, se están encontrando pruebas de la posible relación entre el uso de la tecnología y problemas de la salud mental. Dicho de otra forma, no es seguro que nuestras mentes puedan soportar el estrés provocado por la tecnología. De hecho, puede que estemos cerca de alcanzar un punto de inflexión.

¿Dónde se acaba la mente y empieza el resto del mundo?

Esta fue la pregunta que plantearon en 1998 (el mismo año en el que Google salió a la luz) dos filósofos y científicos cognitivos, Andy Clark y David Chalmers, en el ya famoso artículo La mente extendida. Antes de su publicación, la respuesta más común entre los científicos era que la mente acababa en los límites del cráneo y la piel (básicamente, los límites del cerebro y del sistema nervioso).

Sin embargo, la respuesta de Clark y de Chalmers era algo más radical. Sostenían que, cuando integramos elementos del mundo exterior en nuestro proceso de pensamiento, esos elementos externos interpretan el mismo papel en nuestro proceso cognitivo que el que realiza nuestro cerebro. Como resultado, forman parte de nuestra mente en la misma medida que nuestras neuronas y conexiones sinápticas. La teoría de Clark y Chalmers produjo revuelo, pero, desde entonces, muchos otros expertos se han posicionado a su favor.

Nuestras mentes están conectadas con Google

Aunque Clark y Chambers publicaron su artículo antes de la llegada de los smartphones y del 4G, los ejemplos que utilizaron eran fantásticos: por ejemplo, el de un hombre que integraba un cuaderno en su vida diaria como si fuera una memoria externa. Como demuestran trabajos más recientes, la teoría de la mente extendida influye directamente en nuestra obsesión por los teléfonos móviles y otros dispositivos conectados a la web.

Cada vez más gente vive sometida bajo el yugo de los smartphones desde que se despiertan hasta que se acuestan. Es ya parte de nuestra naturaleza utilizar las aplicaciones de Google (motor de búsqueda, calendario, mapas, documentos, asistente de fotografía y demás). La fusión de nuestros procesos cognitivos con Google es una realidad. Parte de nuestra mente se encuentra hospedada, literalmente, en los servidores de Google.

Pero ¿acaso importa? Sí, importa por dos razones principalmente.

La primera es que Google no es una herramienta cognitiva pasiva. Sus últimas actualizaciones, dirigidas hacia la IA y hacia el aprendizaje automático, se centran en las sugerencias. Google Maps no solo te indica cómo llegar hasta donde quieras llegar (a pie, en coche o en transporte público), sino que también envía sugerencias personalizadas de lugares que cree que te interesarán.

Google Home, el asistente virtual de Google, que está a solo dos palabras de nosotros (“Ok, Google”), no solo nos informa rápidamente de lo que necesitamos, también puede organizar citas y reservar mesa a nuestro nombre en un restaurante.

Gmail hace sugerencias de lo que deduce que queremos escribir y, ahora, Google News nos envía notificaciones sobre noticias que imagina que serán de nuestro interés. Todo esto elimina la necesidad de pensar y de tomar decisiones por nosotros mismos. Google, afirmo de nuevo, completa, literalmente, los espacios vacíos de nuestros procesos cognitivos y de nuestras mentes, lo que causa que tanto la privacidad mental como la habilidad de pensar con libertad se retraigan.

¿Adicción o integración?

La segunda razón es que no parece que a nuestra mente le siente bien estar esparcida por internet. La preocupación por la “adicción a los móviles” ya no es un asunto marginal. Según informes recientes, el usuario medio del Reino Unido mira su móvil cada 12 minutos. Este hábito produce gran cantidad de efectos psicológicos negativos que acabamos de empezar a descubrir. La depresión y la ansiedad son los dos más relevantes.

Sin embargo, desde mi punto de vista la palabra “adicción” solo es otra manera de nombrar a la integración mencionada anteriormente. En mi opinión, la razón por la que nos cuesta tanto dejar de lado nuestros teléfonos móviles es que los hemos integrado en nuestros procesos cognitivos diarios. Cuando los usamos, pensamos. Por eso no es de extrañar que nos cueste dejar de utilizarlos. Hoy en día, que te quiten el teléfono móvil es parecido a que te practiquen una lobotomía. Para acabar con esa adicción/integración, y para recuperar nuestra salud mental, debemos aprender a pensar de otra manera y reconquistar nuestra mente.

Para saber más

La Cumbre del Clima fracasa en su objetivo de regular los mercados de carbono

El débil resultado de la COP25 agranda la brecha entre los Gobiernos y la ciencia sobre la crisis climática

EL PAÍS | 


 

Quizás no se podía esperar más de lo que ha salido de la Cumbre del Clima de la ONU que se ha cerrado con más de un día y medio de retraso este domingo en Madrid. Los negociadores solo han podido acordar un débil llamamiento a los países a realizar esfuerzos más ambiciosos contra el cambio climático. Y han tenido que aplazar de nuevo el desarrollo del artículo del Acuerdo de París referido a los mercados de CO2 ante la imposibilidad de consensuar un texto. Este asunto tendrá que intentar acordarse en la próxima cumbre, que se celebrará en Glasgow en noviembre de 2020. Prácticamente todos los delegados que han tomado la palabra en el plenario final de la cumbre han reconocido la “decepción” por ser incapaces de cerrar este punto de la negociación

El multilateralismo se resquebraja allá donde se mire en el planeta y estas cumbres en las que negocian casi 200 países (que tienen que ponerse unánimemente de acuerdo) son precisamente el mayor ejemplo de multilateralismo. Pero, aunque fuera previsible por el contexto internacional tan complicado, el pobre resultado que se ha cerrado tras muchas horas de frustrantes negociaciones agranda la desconexión que existe ahora entre los Gobiernos del mundo y la ciencia respecto a la crisis climática y a la urgente necesidad de actuar.

Cuando se leen los textos finales de la COP25 —la reunión número 25 de la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de la ONU de Cambio Climático— parece que los Gobiernos y mandatarios han estado metidos en una habitación insonorizada durante esta cumbre. Sin embargo, por la COP25 han pasado los científicos para presentar sus informes climáticos que apuntan, por ejemplo, a que 2019 será un año de récord de temperaturas en línea con lo que ha ocurrido durante toda esta década. Desde la ciencia también se ha apuntado durante esta cumbre a que las emisiones de dióxido de carbono, el principal gas de efecto invernadero, de la economía mundial volverán a marcar un nuevo máximo histórico. Y por la cumbre celebrada en Madrid también han pasado los representantes de los movimientos juveniles, con la activista sueca Greta Thunberg a la cabeza, que han reprochado a los mandatarios que los esfuerzos que tienen previstos para luchar contra el cambio climático no están a la altura de la crisis climática en la que está ya el planeta

Esta complicada cumbre, que se ha celebrado en Madrid tras la renuncia hace mes y medio de Chile a que tuviera lugar en Santiago por las protestas sociales, se tenían que sacar adelante fundamentalmente dos puntos: uno más político y otro más técnico. El político hace referencia a la necesidad de que los países firmantes del Acuerdo de París presenten planes más duros de recorte de las emisiones de gases de efecto invernadero porque los que hay ahora no son suficientes. Pero en esta cumbre solo se ha conseguido que 84 países se comprometan a presentar planes más duros en 2020, como ha pedido la ONU en varias ocasiones. Dentro de ese compromiso están Alemania, Francia, España y el Reino Unido. El problema es los que no están: EE UU, China, la India y Rusia (que juntos suman alrededor del 55% de las emisiones mundiales de efecto invernadero) no han dado señales durante esta cita de querer ser más ambiciosos.

Todos los firmantes del Acuerdo de París deben presentar planes de recorte de emisiones que, juntos, deben conseguir que el calentamiento global se quede dentro de unos límites manejables, Pero la suma de los planes no es suficiente. La ONU ha advertido de que se deben multiplicar por cinco los esfuerzos globales previstos si se quiere que el incremento de la temperatura se quede por debajo de 1,5 grados respecto a los niveles preindustriales. Y por tres si se aspira a que ese incremento esté por debajo de los 2 grados (la otra meta que se establece en el Acuerdo de París). Los planes (que se conocen por las siglas en inglés NDC) que tienen ahora los países llevarán al menos a 3,2 grados de incremento, calcula la ONU.

Una de las discusiones más duras durante esta conferencia ha sido precisamente cómo realizar un llamamiento a los países a presentar planes más duros. Ante el atasco de este asunto, la presidencia de la COP25, que estaba en manos Chile, recurrió a España en el tramo final de las negociaciones. Y la ministra para la Transición Ecológica, Teresa Ribera, se ha encargado de dirigir este asunto.

Finalmente, en las declaraciones de la COP25 aprobadas por el plenario, se "alienta" a los países a "aprovechar la oportunidad en 2020" para mostrar la más alta ambición ante "la urgencia de abordar el cambio climático". Y se resalta la "grave preocupación" por la "urgente necesidad" de solucionar la "brecha" que existe entre los planes previstos por los países y los recortes que se necesitan para cumplir el objetivo de París. Sin embargo, en las declaraciones finales no se hace un llamamiento explícito a los países a presentar NDC más duros en 2020 por la resistencia de los grandes países emisores. En todo caso, el Ministerio para la Transición Ecológica ha interpretado que lo acordado "sienta las bases" para que el próximo año "los países presenten compromisos de reducción de emisiones" más ambiciosos.   

Para saber más

Coche eléctrico: por qué ha resurgido después de fracasar el siglo pasado

El año pasado (2018), las ventas de vehículos eléctricos e híbridos plug–in (enchufables) sumaron 408.000 unidades en Europa y 2,1 millones en todo el mundo. Los números suponen un 50 % más, aproximadamente, que en 2017. Para este 2019, se espera alcanzar otro aumento cercano al 50 %. Se podrían superar los tres millones de vehículos eléctricos vendidos en un año.

Se trata de las cifras de una revolución tecnológica e industrial. Incrementos de ventas y producción de dos dígitos (e incluso de tres en algunos países) se unen a aumentos de eficiencia nada despreciables. Los vehículos eléctricos consumen un tercio de lo que gastan los vehículos de combustión. Y por si esto fuera poco, se cortan de raíz las emisiones de dióxido de carbono, el gas más importante en la fracción del efecto invernadero debida a la actividad humana.

Críticas al coche eléctrico

La transformación a la movilidad eléctrica se está produciendo de forma tan intensa que parece irreversible. A pesar de ello, algunas voces se levantan periódicamente argumentando que los coches eléctricos contaminan más que los de gasolina, puesto que obtienen la energía de centrales de combustión.

Este razonamiento es inicialmente cierto, pero se trata de una fotografía que quedará rápidamente desfasada. Basta comprobar qué está sucediendo con las centrales eólicas y solares. En 2018, la energía eólica proporcionó el 14 % de la demanda total de energía en la Unión Europea. En 2013 era solo el 7 %.

El 95 % de las nuevas instalaciones energéticas de la UE corresponden a energías renovables. De ellas, el 45 % son de energía eólica. Esta última es la forma de generación de electricidad mayoritaria en Europa; ha superado recientemente al gas natural.

Tanto la movilidad como la generación de energía eléctrica se están transformando, rápida y definitivamente, hacia formas más eficientes y sostenibles.

Electricidad, gran olvidada en automoción

Quién hubiese dicho a inicios del siglo XX, cuando una buena parte de los automóviles ya eran eléctricos, que la tecnología se abandonaría durante más de cien años. Y que volvería a resurgir. ¿Cuál fue la causa? ¿Por qué los automóviles fueron primero eléctricos, después de combustión interna y ahora vuelven los eléctricos?


automóvil eléctrico de Thomas Parker, allá por 1895

La respuesta está en las baterías. Estos dispositivos, que transforman energía química en electricidad, eran inicialmente de plomo (óxido de plomo). Se trata de una robusta tecnología, puesto que aún se fabrica masivamente hoy en día. Pero es demasiado pesada.

Para obtener un mínimo de potencia en el vehículo, deben ensamblarse en serie un buen número de baterías. Por ello el peso es un parámetro clave. Las baterías de plomo no tuvieron nada que hacer frente a la ligereza del combustible derivado del petróleo, de ahí su proliferación durante todo el siglo XX.

Las crisis petrolíferas y los problemas de contaminación incentivaron la investigación en tecnologías alternativas. Las baterías eléctricas entraron de nuevo en el escenario. Y más, teniendo en cuenta las nuevas propuestas.

Las baterías de níquel-cadmio, así como las baterías basadas en metales alcalinos, por ejemplo, fueron usadas en tímidas propuestas durante los años setenta y los ochenta del siglo XX. Pero no solucionaron el problema. Ni con montajes que ocupaban todo el espacio disponible en el vehículo (¡incluyendo el habitáculo de los pasajeros!) fue posible obtener potencias y autonomías mínimamente suficientes.

La situación cambió radicalmente a mediados de los noventa, con la aparición de las baterías de ion-litio, suficientemente ligeras y potentes como para facilitar la actual transición al vehículo eléctrico. Su evolución no ha sido fácil, puesto que requería desarrollar los denominados compuestos de intercalación. Estas sustancias sirven de soporte para que el litio, el metal más ligero que existe, se intercambie entre ambos electrodos mientras genera corriente eléctrica.

Las modernas baterías de ion–litio no son un tema cerrado. Se están investigando otras opciones como las baterías de litio–aire (muchísimo más ligeras), las de litio–azufre, las de ion– sodio, las baterías de combustible (principalmente hidrógeno) y las baterías de flujo.

Más allá de los coches

Su futura aplicación no será solo el automóvil. Puesto que la electricidad no puede almacenarse, es necesario disponer de almacenes de energía o dispositivos que se recargan mediante la red eléctrica, pero que guardan la energía para posterior uso también mediante electricidad. Las viviendas, instalaciones industriales, plantas potabilizadoras de agua e incluso instalaciones agrícolas y ganaderas podrán hacer buen uso de estas baterías, altamente eficientes y no contaminantes.

Se avecina, pues, una verdadera transformación industrial. La fabricación de baterías será un sector mucho más estratégico de lo que ya es hoy en día, con espacio para la fabricación tanto a nivel masivo, como a nivel de nicho. Harán falta tecnologías muy variadas, que servirán a aplicaciones muy específicas.

En este sentido, Europa en general, y España en particular, van con retraso. La Unión Europea tiene prevista una promoción intensa del sector, que debería permitir una presencia en el mercado mucho más elevada que la actual. Alemania, Francia, Polonia y los países escandinavos han activado intensos programas de incremento de producción.

Las previsiones para España son más pesimistas, puesto que anticipan una participación marginal en la cuota de mercado, incluso dentro de diez años. Algo que nos debe alertar e incentivar.

Para saber más: