Espero que encuentres tiempo para leer esto, escrito desde mi corazón.
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El proyecto, que discurre en un 98,37% por suelo público, supondrá una inversión de 30 millones de euros. Con una duración estimada de 24 meses, se prevé su puesta en servicio en 2022
Notas de prensa || Red Eléctrica de España
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Las grandes firmas europeas y japonesas como Thomson, Sharp, Telefunken, Grundig, Blaupunkt o Sanyo son ya solo nombres comerciales en manos de conglomerados chinos
RAMÓN MUÑOZ | ELPAIS

Anuncio de los televisores Thomson, con Andrés Pajares y Fernando Esteso, en 1984
Coincidiendo con la llegada del color a la televisión en España en los años setenta, cruzaron la frontera un alud de marcas de televisores. El advenimiento poco después de los reproductores de vídeo VHS (El Mundial de fútbol en España, en 1982, supuso el "boom" de ventas de los VHS y el denostado Betamax, ¡qué tiempos!) sirvió a estas firmas para que se afianzaran aún más en los hogares. Sus pantallas se contemplaban como un símbolo de progreso tecnológico sin parangón en aquel país aislado de cazadoras coreanas y pantalones de campana. Casi todas procedían de Alemania y de Japón. Contaban con fábricas propias y no daban abasto para atender una demanda cada vez más creciente y entusiasta. Poseer uno de sus aparatos era un símbolo de estatus en la España que estaba a punto de alumbrar la Transición. Thomson, Sharp, Telefunken, Grundig, Blaupunkt, JVC, Sanyo, Westinghouse, Philips, Toshiba…¿se acuerdan?
Hoy en día, y aunque parezca mentira, casi todas sobreviven, pero su presencia es residual. La mayoría solo conserva la marca registrada cuyo uso comercial ha sido adquirido por grandes conglomerados electrónicos chinos como TCL o Hisense o el turco Vestel. Detrás ya no hay ni factorías ni tecnología propia. Y ni siquiera se anuncian.
Actualmente, el mercado de los televisores está dominado por marcas asiáticas que o no existían o apenas se conocían cuando los gigantes europeos dominaban las ventas de la pequeña pantalla en los estertores del siglo XX. Las coreanas Samsung y LG y, a mucha distancia, la japonesa Sony, conforman hoy un triunvirato que domina el 40% de las ventas mundiales de televisores. Por detrás, están los gigantes chinos Hisense y TCL pero, como ocurre con los teléfonos móviles, su crecimiento en los últimos años es tan espectacular que nadie puede estar seguro de que pronto no destronarán a sus rivales coreanos.
Pero ¿qué fue de las marcas con las que descubrimos la televisión en color? Esta es su melancólica y sucinta historia:
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La dirección MAC (Media Access Control) es un identificador único que cada fabricante le asigna a la tarjeta de red de sus dispositivos conectados, desde un ordenador o teléfono móvil hasta routers, impresoras u otros dispositivos.
Una dirección MAC está compuesta por seis grupos de dos caracteres dentro de una longitud global de 48 bits o 6 bytes. Por ejemplo, si su estructura general es MM: MM: MM: SS: SS: SS, una dirección concreta sería: 00:1B:43:10:2A:E7. Los primeros 24 bits son definidos por el fabricante y los 24 bits restantes son definidos y configurados por la IEEE.
Hay que tener en cuenta que todos los dispositivos que se encuentran dentro de una misma subred tienen diferentes MAC y esto es algo que nos ayudará en tareas de mantenimiento buscando posibles errores. Esta es la diferencia principal con una dirección IP, que una MAC no cambia, es decir, no es dinámica pues es el DNI de ese dispositivo. De ahí que en tareas de seguridad se hagan filtrados de direcciones MAC y así rechazar peticiones de equipos con direcciones MAC que no tenemos aprobadas.
Si estás revisando quién está conectado a tu red y quieres identificar cada dispositivo tienes dos maneras de hacerlo. Puedes ir encendiendo y apagando cada dispositivo, pero también puedes ir a tu móvil u ordenador, averiguar su MAC y buscarla en la lista de conectados.
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Manifestaciones (escasas), la muchacha Greta Thunberg viajando en catamarán a través del Atlántico, personalidades y empresas españolas subiéndose al carro de las energías verdes.
Al mismo tiempo, la Unión Europea no ha sido capaz de tomar una decisión unánime sobre un nuevo acuerdo verde y Polonia puede seguir quemando carbón.
La COP 25 ha sido incapaz de llegar a ningún acuerdo sobre reparto de la reducción de emisiones y de los intercambios de derechos de emisión de CO₂.
El resultado: los acuerdos de París, como el protocolo de Kioto, se convierten en papel mojado. Otra vez.
Ponerse de acuerdo y ceder todos genera mucha más riqueza para cada uno, pues al final el dinero acaba repartiéndose y los que lo ceden lo recuperan en un plazo breve de los que lo han recibido. Volvemos en 2020 a la estupidez europea de los años entre 1870 y 1945: cada uno tirando del carro en su propia dirección y sentido y todos con más problemas y más pobres.
¿Qué gana el Reino Unido con el Brexit? Digamos que el “orgullo” de poder renegociar con Europa los intercambios comerciales y, según muchos ingleses, poder negociar con los EE. UU. otros acuerdos. ¿Qué pueden querer comprar los EE. UU. a los ingleses, que aquellos no tengan ya? Serán esencialmente los ingleses los que compraran a los americanos. Dentro de Europa se puede negociar en pie de igualdad con otros gigantes económicos. Fuera de ella somos demasiado pequeños para tener influencia alguna.
Lo mismo ocurre con el clima. El problema carece de fronteras, como carece de ellas la atmósfera. El CO₂ emitido en Chicago acaba encima de Sri Lanka. El control del clima, las acciones para frenar el cambio climático, tienen que ser de todos. Se dice que los países que han empezado a contaminar más tarde tienen derecho a que los que empezamos a contaminar antes les paguemos el esfuerzo de no emitir.
Esto es un poco traído por los pelos. Es como si los atenienses de ahora demandasen a los iraníes por la quema de Atenas en el 480 AC. Es justo, pero inoperante. Si esos países quieren no tener problemas climáticos, tendrán que pagar por ello. Al mismo tiempo, los países ricos deben pagar de acuerdo con lo que emiten, y sobre todo, dejar de emitir.
En estas reuniones o COP, como otras que se hacen y se quieren hacer en España, los “diálogos” son altamente ineficientes. La solución de los problemas se pone en marcha cuando estos dejan de ser “problemas” y se convierten en realidades dañinas.
Cuando se inunden las calles de Nueva York, cuando partes de la ciudad de Washington se llenen de agua del mar, entonces querrán los neoyorkinos, los políticos de Washington, enterarse de por qué arde California, y reclamarán con voces de amenaza el fin de los combustibles fósiles. Pero quizás para entonces no haya el mismo número de coches eléctricos que los de gasolina, y no existirán los tendidos de alta tensión para llevar la electricidad a las ciudades para recargar esos coches.
Escucharemos el “es tarde, es tarde”, como se escuchó cuando los alemanes invadieron Polonia en 1939. La solución para Europa se dilucidó en la “cumbre” de Munich de 1938, en la cual Chamberlain y Daladier dieron vía libre a Hitler para anexionarse media Europa.
Hoy se sigue dando vía libre a los países para llenar la atmósfera de cada vez más CO₂. Se quieren dar permisos para emitirlo.
Las personas, y los países son miopes, y no ven lo que les interesa. A los polacos les interesa, como a los demás, ir anulando el carbón, y montar a toda velocidad energía solar. Pero no lo ven. Por eso ha fracasado la COP 25.
Todo esto es una inmensa estupidez. De lo que se trata no es de aceptar que los países emitan menos CO₂, no es intercambiar derechos de emisión (no existe ese derecho, es preciso anular esas emisiones, más pronto que tarde) sino de eliminar los combustibles fósiles.
Y se puede hacer, y no es “caro” pues, al revés del dinero que se abona por las pensiones, es un dinero que se recupera en muy poco tiempo, y que genera millones de puestos de trabajo.
Me dicen que lo que yo veo no lo ven los demás. Por eso escribo, para comunicar al resto de las personas eso que yo veo con claridad.
También Casandra lo hacía. Y no sirvió de nada a aquellos a quienes lo contaba.
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